Act 23:1 Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy.
Act 23:2 El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca.
Act 23:3 Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!(A) ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?
Act 23:4 Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias?
Act 23:5 Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.(B)

La hipocresía puede venir del deseo de esconder de los demás motivos reales o sentimientos. La hipocresía es la inconsistencia entre aquello que se defiende y aquello que se hace, entre aquello que se siente y aquello que se dice. En muchos idiomas, incluido el francés, un hipócrita es alguien que esconde sus intenciones y verdadera personalidad.
[2]  23.2-3 Conforme a la Ley judía, ningún acusado podía ser castigado antes de que fuera probada su culpabilidad; cf. Lv 19.15; y también Mc 14.63-65; Jn 18.22-23.
La Sencillez De Pablo
Esto no podía agradar a los miembros del concilio y menos aún cuando Pablo les informó que estaba convencido de estar haciendo la voluntad de Dios (v. 1). Sin duda era ése el énfasis que Pablo se proponía demostrar: cómo, antes y después de su conversión, había procedido siempre con sinceridad delante de Dios (26:2; cf. Phi_3:6; 1Ti_1:13).
Intolerancia Religiosa
El sumo sacerdote Ananías mostró arrogancia frente a esta afirmación y ordenó que le golpeasen en la boca (v. 2).
Josefo, un historiador respetado del primer siglo, describe a Ananías como profano, avaro y de temperamento colérico. El arranque de Pablo vino como resultado del trato ilegal que le dio el sumo sacerdote Ananías. Violaba la Ley judía al suponer que Pablo era culpable sin un juicio y al ordenar su castigo (véase Deu_19:15).
La Hipocresía Señalada
Esta acción era típica de Ananías, a quien los escritos seculares muestran como cruel y rapaz, completamente indigno de su oficio (Josefo). La reacción de Pablo fue violenta: ¡Dios te ha de golpear a ti, pared blanqueada! (v. 3).
El árbol se conoce por sus frutos
Estaba juzgando a Pablo por quebrantar la ley, pero Ananías acababa de quebrantarla ordenando una acción contraria a ella. Pero cuando Pablo se dio cuenta que él había hablado de esa manera al sumo sacerdote, se disculpó por su acción; quiere decir, reconoció que inadvertidamente había hecho mal, citando Exo_22:28 (v. 5). Probablemente quiso decir con esto que no había considerado el cargo de la persona que había dado la orden. Pablo respetaba el cargo, pero no a la persona que lo desempeñaba. Este Ananías fue asesinado unos pocos años más tarde.
La ley y las frutas
En el desierto, las frutas eran raras. Dios llamó a uno de sus profetas, y le dijo: ­Cada persona sólo puede comer una fruta por día.
La costumbre se obedeció durante generaciones, y el ecosistema del lugar fue respetado. Como las frutas restantes daban semillas, otros árboles fueron surgiendo. En poco tiempo, toda aquella región se transformó en un terreno fértil, envidiado por otras ciudades.
Las personas de aquel pueblo, sin embargo, continuaban comiendo una fruta por día, fieles a la recomendación que un antiguo profeta transmitiera a sus ancestrales. Además, no permitían que los habitantes de otras aldeas se aprovechasen de la abundante producción que se daba todos los años. Como resultado, las frutas se pudrían en el suelo. Dios llamó a un nuevo profeta y le dijo: ­Permíteles que coman las frutas que quieran.
Y pídeles que compartan su abundancia con sus vecinos.
El profeta llegó a la ciudad con el nuevo mensaje. Pero acabó siendo apedreado ya que la costumbre estaba arraigada en el corazón y en la mente de cada uno de los habitantes.
Con el tiempo, los jóvenes de la aldea empezaron a cuestionar aquella bárbara costumbre. Pero, como la tradición de los mayores eran intocable, decidieron apartarse de la religión. De esta manera, podían comer cuantas frutas quisieran y entregar el resto a los que necesitaban alimento.
En la iglesia local sólo quedaron los que se consideraban santos. Pero que, en realidad, eran personas incapaces de percibir que el mundo se transforma, y que nosotros debemos transformarnos con él.